Los kurdos y la ilusión de la ayuda americana: la historia de una alianza que siempre termina igual

Daniel Baquerín

3/10/20267 min leer

El 5 de marzo de 2026, Irán lanzó misiles contra posiciones de grupos kurdos iraníes en el norte de Irak. Teherán afirmó que el ataque iba dirigido contra organizaciones “opuestas a la revolución” asentadas en el Kurdistán iraquí, entre ellas Komala y el Partido Democrático del Kurdistán de Irán. La advertencia política fue inmediata: esos grupos no debían pensar que había “soplado un viento nuevo” y lanzarse a actuar.

La reacción iraní no surgió en el vacío. En los días previos, según algunos medios, milicias kurdas iraníes habrían discutido con Estados Unidos la posibilidad de atacar a las fuerzas de seguridad iraníes en el oeste del país y qué tipo de apoyo recibirían de Washington. Otros reportes apuntan a que dirigentes kurdos exiliados en el norte de Irak afirman llevar décadas preparándose para una entrada en Irán, aunque reconocen que no pueden moverse sin cobertura aérea, una zona de exclusión y la destrucción previa de arsenales del régimen.

En teoría, la escena podría presentarse como una oportunidad histórica: una minoría perseguida que aprovecha la debilidad del régimen de los ayatolás para contribuir a su caída. En la práctica, sin embargo, conviene formular una pregunta mucho más incómoda: ¿qué ocurre si la “carta kurda” sirve para abrir una brecha táctica en Irán, pero no para destruir de verdad el aparato yihadista del régimen?

Porque entonces el resultado no sería una victoria estratégica, ni para los kurdos ni para Israel. Sería algo más peligroso: una guerra parcial, una erosión limitada, una tregua ilusoria y el retorno, dentro de unos años, del mismo enemigo.

1. Los kurdos: una nación sin Estado

Los kurdos constituyen una de las mayores naciones sin Estado del mundo. Tras el colapso del Imperio otomano, el Tratado de Sèvres de 1920 llegó a contemplar la posibilidad de crear un Estado kurdo. Sin embargo, apenas tres años después el Tratado de Lausana de 1923 eliminó esa opción y consolidó las fronteras actuales de Oriente Medio. Desde entonces, el pueblo kurdo quedó repartido entre Turquía, Irak, Siria e Irán.

Ese dato importa porque explica un patrón histórico: un pueblo sin Estado tiende a buscar protectores externos. El problema es que esos protectores rara vez actúan para resolver la cuestión kurda; suelen actuar para resolver sus propios intereses regionales.

Eso es exactamente lo que ha ocurrido con Estados Unidos.

Washington ha apoyado a los kurdos cuando le resultaban útiles y los ha dejado expuestos cuando cambiaba el equilibrio geopolítico. En los años setenta, por ejemplo, el apoyo exterior a los kurdos iraquíes se evaporó cuando los equilibrios regionales cambiaron, provocando el colapso de la rebelión que hasta entonces habían mantenido contra Bagdad.

Décadas después, en Siria, las milicias kurdas se convirtieron en el principal socio terrestre de Estados Unidos contra Estado Islámico. Sin embargo, algunos dirigentes kurdos advierten hoy a los kurdos iraníes que no entren en una aventura contra Teherán sin compromisos firmes, precisamente porque su propia experiencia les enseñó que el apoyo estadounidense puede desaparecer cuando cambian las prioridades estratégicas.

2. Un patrón histórico de alianzas instrumentales

La historia reciente de Oriente Medio ofrece múltiples ejemplos de esta lógica.

Durante la guerra Irán-Irak (1980-1988), diversos grupos kurdos se alinearon tácticamente con Irán para debilitar al régimen de Saddam Hussein, esperando que una derrota iraquí abriera espacio para la autonomía kurda. Sin embargo, el final del conflicto no produjo esa transformación política. El equilibrio regional volvió a imponerse y los kurdos quedaron una vez más atrapados entre Estados que priorizaban su propia supervivencia territorial sobre cualquier aspiración nacional kurda.

Este patrón se ha repetido varias veces en la historia moderna de Oriente Medio: los kurdos se convierten en aliados útiles en momentos de guerra, pero rara vez en socios estratégicos cuando llega el momento de rediseñar el mapa político de la región.

Un episodio histórico ilustra bien esta lógica de dobles tableros. En los años ochenta, durante la guerra entre Irán e Irak, Estados Unidos apoyó oficialmente al régimen iraquí de Saddam Hussein para contener a la República Islámica. Sin embargo, al mismo tiempo se desarrolló la llamada operación Irán-Contra, mediante la cual sectores de la administración estadounidense facilitaron la venta clandestina de armas a Irán mientras financiaban a fuerzas insurgentes en América Central.

El episodio demostró hasta qué punto las grandes potencias pueden actuar simultáneamente en direcciones aparentemente contradictorias cuando persiguen objetivos estratégicos más amplios. Para los actores regionales —incluidos los kurdos— la lección fue clara: las alianzas en Oriente Medio rara vez responden a principios permanentes; responden a intereses cambiantes.

3. El error de pensar que cualquier golpe contra Teherán es una victoria

Aquí conviene separar dos planos que suelen mezclarse.

El primero es táctico. Desde ese punto de vista, una irrupción kurda en el oeste iraní podría ser útil para Estados Unidos e Israel: abriría un frente interior, obligaría al régimen a redistribuir recursos, desgastaría a la Guardia Revolucionaria y complicaría la capacidad de respuesta de Teherán.

Pero el segundo plano es estratégico. Y ahí la cuestión cambia por completo.

Golpear al régimen no equivale a destruirlo. Abrir una brecha periférica en las provincias kurdas no equivale a desmantelar el corazón del sistema. Debilitar posiciones de seguridad en el oeste no equivale a liquidar la estructura ideológica, policial y clerical que ha sostenido a la República Islámica durante décadas.

Porque si la operación se limita a una combinación de bombardeos, incursiones kurdas y desgaste fronterizo, el resultado más probable no es una refundación de Irán, sino una degradación parcial del régimen. Y un régimen parcialmente degradado, pero no aniquilado, puede mutar, replegarse, adaptarse y volver. Esto es lo que suele ocurrir en Oriente Medio con el yihadismo.

Si no se destruye el núcleo duro del sistema, el sistema tiende a reconstituirse, siempre sirviendo a unos intereses puramente estratégicos de potencias extranjeras y en detrimento de la población civil.

4. Por qué eso sería también malo para Israel

Muchos análisis parten de una idea demasiado simple: cualquier debilitamiento de Irán beneficia automáticamente a Israel. Eso solo es verdad en el muy corto plazo.

En el medio plazo, una operación incompleta puede generar exactamente el problema contrario: un enemigo golpeado, humillado y resentido, pero no eliminado; un aparato ideológico que conserva su relato; unas redes regionales que pueden rearticularse; y una nueva generación de cuadros dispuesta a presentar la guerra como prueba de supervivencia histórica.

En este contexto, una estrategia basada en usar a los kurdos como fuerza auxiliar puede ser tácticamente seductora pero estratégicamente miope. Si no se produce un colapso real del régimen, si no se rompe de verdad su centro de mando, si no se desmantela su aparato revolucionario y su capacidad de regeneración, Israel no habrá eliminado la amenaza: solo habrá comprado tiempo.

Y ese objetivo limitado sería insuficiente para los kurdos e insuficiente para Israel, entendiendo Israel como la población ciudadana del Estado de Israel, no como las élites políticas que toman decisiones estratégicas.

5. Combatir a Teherán sin repetir el error

Nada de esto significa que los kurdos deban resignarse a la República Islámica. Las regiones kurdas de Irán han sido durante décadas focos de protesta, represión y resistencia contra el régimen.

Tienen razones de sobra para combatir a Teherán.

Pero una cosa es combatir al régimen y otra muy distinta subordinar la estrategia propia a los intereses de Washington.

Porque si Estados Unidos quiere una operación limitada, reversible o instrumental, el kurdo que cruce la frontera no será el socio principal: será la fuerza sacrificaba, la fuerza consumible, la que ponga los muertos en una guerra cuyo diseño no controla.

Conclusión:

En Oriente Medio las guerras raramente terminan cuando se destruye un ejército. Terminan cuando desaparece el sistema político que lo sostiene.

Si la estrategia contra Irán se limita a debilitar al régimen sin desmantelar su núcleo ideológico y militar, el resultado no será una nueva estabilidad regional. Será una pausa.

Y cuando la pausa termine, los mismos actores volverán a enfrentarse en un nuevo conflicto, mientras los civiles —kurdos, iraníes, israelíes o árabes— vuelven a pagar el precio de decisiones estratégicas tomadas muy lejos de sus ciudades.

Regiones de mayoría kurda en el oeste de Irán, donde operan varios grupos de oposición armada asentados en bases del Kurdistán iraquí.

Milicias kurdas YPG/YPJ en Siria durante la guerra contra Estado Islámico, donde actuaron como principal fuerza terrestre aliada de Estados Unidos.

Combatientes peshmerga kurdos en el norte de Irak. Las milicias kurdas han actuado durante décadas como fuerzas aliadas de diferentes potencias regionales y globales.

Distribución histórica del pueblo kurdo entre Turquía, Irak, Siria e Irán tras los tratados de Sèvres (1920) y Lausana (1923), que eliminaron la posibilidad de un Estado kurdo.

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