Venezuela: cruzar la frontera no es un trámite

Daniel Baquerín

4/26/202610 min leer

Llegué a Venezuela por carretera, desde Cúcuta. Todo empezó en la estación de autobuses. Allí fue donde entendí la primera regla no escrita de esta frontera: los autobuses que van a Venezuela no sirven para los extranjeros que quieren entrar al país. Esto me lo explicó una amable mujer en la estación de autobuses, ¿sabes que los autobuses no paran en la frontera?, continuó, “solamente llevan a personas colombianas o venezolanas que cruzan todos los días la frontera”. Al principio no quise escucharla, ya sabéis que nos han educado para desconfiar y sentir miedo de las personas que no conocemos y más aún cuando esas personas tienen nacionalidad colombiana.

Sin embargo, esta vez algo en mi interior me hizo confiar en esa mujer, y mira tu por donde acabaría teniendo razón. Además, gracias a ella acabaría yendo en el taxi de Henry, este conductor bonachón de unos 40 años de edad, residente en San Cristóbal del Táchira y acostumbrado a llevar y traer extranjeros a la frontera.

Luego hablaremos más de Henry pero ahora volvamos al tema de la frontera y de como pasarla. El caso es que los autobuses no paran y si no paras en la frontera, no te sellan el pasaporte. Y si no te sellan el pasaporte, no entras legalmente en el país. Así que no había muchas opciones, taxi sería pues.

Como os comentaba, ahí apareció Henry. Un tipo de San Cristóbal del Táchira, educado, tranquilo, de esos que te transmiten confianza sin hacer mucho ruido. Acordamos 40 dólares por el trayecto, incluyendo algo importante: se quedaría conmigo hasta que terminara todo el proceso. En ese momento no sabía lo importante que iba a ser eso.

Salimos de Cúcuta y antes de llegar al puente Simón Bolívar ya pasamos dos retenes de las fuerzas colombianas. Nos pidieron la documentación, echaron un vistazo rápido y nos dejaron seguir. Todo bastante relajado, casi automático. Era el típico control que no te hace pensar demasiado.

Pero al cruzar el puente, cambia todo. Empiezas a tener una sensación extraña en la boca del estomago, como si alguien mas te estuviese vigilando, y ahí, justo ahí piensas, ¿por qué estas haciendo todo esto Daniel con lo bien que podrías estar en tu casa tranquilo?

Con el paso de los años he aprendido a domesticar mis impulsos y este obviamente es uno de los que mas me cuesta (por el hecho de ser una situación incierta), sin embargo he de admitir que cada vez me dura menos, especialmente cuando se trata de hacer algo que amo como viajar y contar historias. Os prometo que ese sentimiento cada vez dura menos en mi cabeza, cada vez son menos los segundos que tardo en darme cuenta y digo ah claro es justo por eso.

A pesar de esto, he de reconocer que en Venezuela aún se respira un ambiente raro y más cuando estás tan cerca de la frontera, una frontera de la que tanto te han hablado, y lo peor de todo, unos agentes del SEBIN cuya sola presencia acojonaría hasta al más valiente debido a todo lo que ya sabemos en España del régimen de represión en Venezuela. Pero bueno, volvamos al viaje.

El puente sobre el río Táchira no es solo una frontera física. Es una frontera de dinámicas. Allí mismo empiezas a escuchar historias: gente que cruza por pasos ilegales, guiados por mafias, muchas veces conectadas con guerrillas como el ELN o las FARC. No es algo puntual. Es parte del funcionamiento real de la zona. Además, hay un detalle clave: existe un acuerdo entre Colombia y Venezuela que permite a sus ciudadanos cruzar sin grandes controles. Pero eso no aplica a los extranjeros. Para nosotros, el proceso es otro. Más lento, más incómodo… y mucho más incierto.

Llegamos al puesto fronterizo y lo primero que hago es equivocarme de edificio. Entro en uno a la izquierda y una funcionaria me dice que no es ahí, que tengo que cruzar la carretera hasta otro edificio donde “me harán unas preguntas”. Cruzo. Y en ese momento cometo un error. Saco el móvil y empiezo a grabarme un vídeo. No lo terminé. Aparece un agente del SEBIN de la nada. Me dice que no se puede grabar. Me pide el pasaporte, le hace una foto y la envía por WhatsApp. A partir de ahí empieza el interrogatorio. Quién soy. Qué hago allí. Por qué he venido. Qué pasó el 3 de Enero. Las preguntas se repiten, cambian de forma, se vuelven más incómodas. En un momento dado me dice: “Usted ya está en nuestro sistema de inteligencia”.

Después viene la revisión del móvil. Me obliga a borrar el vídeo. Y ahí llega el siguiente problema: necesito una carta de invitación, la cédula de la persona que me recibe y una foto suya sosteniendo ambos documentos, todo apostillado por un notario. Son las 4:30 de la tarde. Llevo una hora y media desde que salí de Cúcuta. Empiezo a moverme. Llamadas, mensajes, intentar conseguir todo desde cero mientras el tiempo pasa puede ser angustioso.

Me pongo en la cola para presentar el pasaporte. Unas veinte personas delante. Algunos llevan horas esperando. El ambiente empieza a cargarse. Y en medio de todo eso, Henry sigue ahí. El trayecto que le pagué incluía esperarme, pero la situación se complica. Había más pasajeros en el taxi y tiene que llamar a otro coche para que se los lleve hasta San Cristóbal. Él decide quedarse conmigo. Me acompaña a imprimir los documentos, cruza conmigo la frontera. Pago en pesos colombianos, regreso otra vez al puesto. En un sitio donde todo es tensión, él es lo contrario. Después me diría algo que lo llevo grabado hasta el día de hoy y que no creo que jamás pueda olvidar, “usted es un tipo con suerte, Dios me ha enviado para protegerlo”.

Entro en el edificio de la derecha y empieza el segundo interrogatorio del día y el primero que parece un poco mas formal que el que me hizo el agente del SEBIN en plena calle, justo al lado de la carretera que sale de Venezuela.

Solo preguntas: Quién soy. A qué me dedico. Dónde voy. Qué hago en Venezuela. Mi respuesta es clara: asesor fiscal, trabajaba para Deloitte en Irlanda. Hace unos meses lo dejé, pero esa es la historia oficial que debo decir. Decir que soy youtuber no entra en mis planes. En un momento dado me pongo unas gafas de luz azul. Me preguntan para qué son. Les explico los ritmos circadianos. Uno me mira y me dice: “¿Seguro que eres asesor fiscal?” No insisto. Salgo otra vez. Espero. Pasan dos horas.

La gente sigue llegando. La frontera cierra a las 9. Son las 6:30 y fuera se acumulan personas con la esperanza de cruzar. Los funcionarios empiezan a ponerse más nerviosos, más secos, más agresivos.

Me llaman por segunda vez vez. Esta vez me hacen sostener el pasaporte mientras un agente me graba con el móvil en vertical. Literalmente como si fuera un vídeo de redes sociales, pero sin sonrisa, sin contexto, sin nada. Me piden que vuelva a salir y espero otra hora aproximadamente.

Dicen que a la tercera va la vencida pero no sería el caso. Me hacen pasar a una sala separada y uno de los agentes cierra la puerta detrás de mi. Se nota que hay tensión en el ambiente, ambos parecen cansados, uno de ellos, el más joven parece el más afable. La habitación huele a café y sudor, y el aire acondicionado esta tan fuerte que por un momento pienso en quedarme un poco más allá siendo interrogado debido al bochorno que hay afuera, claro esos pensamientos se desvanecen al darme cuenta de que me van a hacer las mismas preguntas otra vez y van a intentar que me ponga nervioso al responderlas.

Como digo son dos agentes. Me quitan el móvil. Repiten preguntas. Revisan fotos, redes sociales, conversaciones. Me preguntan por la persona donde me voy a quedar. Cuando ven la foto, sonríen. Me preguntan si es un amigo o algo más.

Respondo lo justo. Sigo con el papel de turista. Me preguntan qué quiero ver en Venezuela. Digo el Salto del Ángel. Me preguntan cómo llegaría, cuánto cuesta. Había hecho los deberes. Les doy detalles, nombres de empresas. Antes de viajar había limpiado el móvil: redes, conversaciones, incluso cambié el nombre del canal. Sabía que lo iban a revisar. Eso en Venezuela marca definitivamente la diferencia.

Son las 8 de la tarde, finalmente me llaman por cuarta vez. Más preguntas, pero menos tensión. Y de repente, cambia el tono. “Puede irse. Disfrute de Venezuela. Y si está en el Salto del Ángel, acuérdese del negrito de inmigración”. No sabes cómo tomártelo. Por alguna razón acabo estrechando la mano de los funcionarios del SEBIN y de migración, agarro la puerta y salgo del edificio con una sensación de que lo peor había pasado.

Ya es de noche. Un agente del SEBIN anuncia que ya no van a revisar más pasaportes y que el resto tendrá que volver al día siguiente. He tenido suerte. Voy al edificio al que entré por error al principio. Me sellan el pasaporte. Y ahí sí. Ya estoy dentro de Venezuela.

Henry sigue esperando. Nos subimos al taxi rumbo a San Cristóbal del Táchira, donde me espera un autobús hacia Caracas. Y ahí descubro otra cosa: los autobuses en Venezuela no salen a su hora, salen cuando se llenan. Pero antes de eso, más controles. Alcabalas. Paradas constantes en carretera. Policías, militares, revisiones. En una de ellas me hacen bajar, presentar documentos, abrir la maleta. Un militar con un subfusil revisa el contenido. Llevo cámaras. Pero ya tengo una historia: soy turista. Encaja. Me dejan pasar.

Llego a San Cristóbal a las 22:30. Cojo el autobús a Caracas. Hora estimada: 14 horas. Hora real: más de 20. Nada más subir noto el aire acondicionado. Brutal. Voy en pantalón corto y pregunto si pueden bajarlo. El conductor se ríe: “Si lo bajo, no vuelve a funcionar”. Arrancamos. A los veinte minutos, el autobús se para. Luego otra vez. Y otra. Pregunto la razón por la que estamos parando todo el tiempo, “Son alcabalas” me responde una de las personas del autobús.

Casualidades de la vida, esa era la misma mujer con la que había compartido la mitad del taxi de Henry desde Cúcuta hasta la frontera. Al día siguiente hablaría más con ella y entendería su historia y por que estaba regresando a Venezuela.

Durante la noche, los controles se repiten constantemente. A veces suben militares con perros. Revisan documentación. A algunos pasajeros —siempre hombres jóvenes— los bajan para interrogarlos y revisarles las maletas al detalle. En el autobús empiezo a hablar con gente. Un chico que cruzó el Darién. Me cuenta cómo pasaban junto a personas muertas en la selva. Lo dice con una normalidad que cuesta procesar. Tiene 24 años. La mujer del taxi que vive en Perú y ha vuelto a Venezuela por temas familiares. Un hombre de un grupo cristiano que ha venido a buscar a un chico con problemas mentales para llevárselo a un centro en Colombia.

Entre historias así, el viaje se hace menos pesado, y más real. Todos coinciden en lo mismo: están hartos. Del sistema. De la pobreza. De un país que sienten que les ha obligado a irse. Ya es de día y sigo compartiendo pensamientos con estos viajeros no sin antes ser víctima yo mismo de una de esas paradas, esta vez organizada por la unidad antidroga. Soy testigo del minucioso control al que se ven obligados estos chamos venezolanos, yo al parecer les hago gracia y casi no me miran mis pertenencias pero a ellos les miran por todos lo sitios, en algún momento incluso veo como uno de los policías se mete un billete de 20 dólares al bolsillo.

La extorsión en Venezuela esta a la orden del día y esta no iba a ser una excepción para estos jóvenes. Hay una tendencia en Venezuela y es que todo el mundo quiere ser policía o militar para poder extorsionar a los ciudadanos y ser rico. Parecería una exageración hasta que hablas con el venezolano de a pie quien te confirma el modus operandi de estos supuestos representantes del pueblo y garantes de los derechos humanos.

Finalmente llego a Caracas a las 20:30 del día siguiente. Más de 24 horas después de haber salido de Cúcuta. Voy directo a casa de mi amigo, que llevaba horas preocupado. No tenía señal. No tenía línea venezolana. No sabía nada de mí.

Y ahí entiendes algo. Que entrar en Venezuela no es un trámite. Es un proceso. Y que cruzar esa frontera no es simplemente pasar de un país a otro. Es entrar en otra lógica, en otro mundo, a un mundo que incluso viniendo de Colombia parece lejano, oscuro, tenebroso y lleno de incertidumbre, pobreza y deshumanización por doquier que me hace replantearme si de verdad hay gente buena en este rincón del mundo.

Obviamente el tiempo en Venezuela me demostraría no solo lo equivocado que estaba sino ademas que el venezolano no es que sea solamente bueno sino que es extraordinario, claro ejemplo de ello es que la casa donde me quede todo el tiempo en Venezuela, fue desocupada por su dueño para dejármela a mi durante todo el mes, gratis.

Y la mejor parte es que esa persona y yo no nos habíamos visto en persona hasta ese Viernes 13 de Marzo de 2026. Si estás leyendo estas líneas te digo, el mundo es un pañuelo y nos volveremos a encontrar cuando Venezuela sea libre y los venezolanos recuperen su dignidad y su humanidad.

Con todo esto he llegado al final del artículo. El otro día escuché que a veces es necesario que pasen meses después de un viaje para poder asimilar todo lo que has experimentado. Con certeza os digo, creo que la experiencia de entrar en Venezuela apenas 3 meses después de que se llevaran a Maduro irá cambiando conforme vayan pasando los años pero hay una cosa que nunca cambiará, la sensación de que los Venezolanos me lo dieron todo a pesar de no tener nada.

Ahora mas que nunca, viva la libertad carajo.

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